A la orilla de la marina quedan aún los rescoldos de una aldea de pescadores,
casas blancas, como bloques de sal, frente a la inmensidad azul del cielo, donde viven navegantes solitarios,
que regresan exhaustos a la orilla en la hora incierta en que
el gallo canta pregonando la luz de la mañana.
Algunos dejaron las zozobras de azarosas travesía por mares de ensueño a olvidados puertos de embrujo y fantasía,
por el amparo cierto de una torre vigía, alcázar y faro que desafiaba la osadía de corsarios y filibusteros, y comenzaron
a colorear de verde la agreste y reseca tierra.
Labraron huertas, levantaron casas revestidas de cal pura e inclinada teja,
ahondaron pozos, para saciar la sed y asegurar las cosechas,
por último plantaron parras, oasis de frescor, tras fatigosas jornadas.
Veloces florecieron calles estrechas, calentadas por el sol, abanicadas por la brisa de la mar.
Una nueva Marina nació, tierra adentro, isla que buscamos adormilada en los recuerdos, y que hoy nos invita a llamar a su puerta,
y abrir de par en par sus ventanas, ojos de luz que han visto, tras la claridad de sus visillos, la vida pasar y descubrir al andar por sus calles este entrañable lugar,
que ha sabido atesorar casas bajas que se defienden de vientos y tormentas con aleros de verde teja, que derramarán lágrimas de lluvia por
abiertas fauces de felinos de temible apariencia, en las tempestuosas noches de otoño.
Caminar por las calles de la Marina es sentirse rodeado del color de las flores que salen a tu encuentro,
suspendidas, ingrávidas en el alfeizar de una ventana, atesorando aromas, ahogando quebrantos;
escondidas detrás de una esquina, hermanas de una puerta de luz abierta y junto a ellas, humildes sillas que destilan calma y sosiego,
recuerdos vivos en los que el tiempo se llenaba de charla, compañía, amistad y vecindad.
Apenas unos pasos más allá el arriate florecido adorna toda la morada, pareciera que muros y ventanales, en realidad fueran pinceladas que ha tejido un artista, hilvanando la levedad de los pétalos con la delicadeza de las verdes yemas. Instantes después el reflejo dorado de las flores da paso a
a una explosión de color, donde los tonos púrpura de los pimientos, se difuminan con el brillo radiante de las carnosas manzanas,
que compite con los morados de las jugosas ciruelas y el anaranjado del dulce melocotón. Sinfonía de suculentos sabores que se deleitan en el verdor de la uvas y el frescor del melón.
Unidos a la Marina, a lo lejos nos aparecen los nuevos y relucientes huertos, que cobijan bajo sus caparazones de plástico transparente bosques de tomates, selvas de pimientos,
verdaderas olas de blanca alquimia que han trocado
retorcidas viñas y robustos olivares en
un nuevo maná, frutos de más allá de la mar, risueños compañeros para otro viaje con sabor a aguacate y dulzor de mango.
Nosotros robinsones errantes junto a la sonrisa de esta flor nos detenemos.
Un saludo a nuestra amiga Carmen desde la Marina.
¡Hasta Pronto! Carolina.