lunes, 28 de julio de 2014

MARINAS IV. TIERRA ADENTRO.


A la orilla de la marina quedan aún los rescoldos de  una aldea de pescadores, 


casas blancas, como bloques de sal, frente a la inmensidad azul del cielo, donde viven navegantes solitarios, 


que regresan exhaustos a la orilla en la hora incierta en que 



 el gallo canta pregonando la luz de la mañana.


Algunos dejaron las zozobras de azarosas travesía por mares de ensueño a olvidados puertos de embrujo y fantasía,


por el amparo cierto de una torre  vigía, alcázar y faro que desafiaba la osadía de corsarios y filibusteros, y comenzaron 



a colorear de verde la agreste y reseca tierra.


Labraron huertas, levantaron casas revestidas de cal pura e inclinada teja,


ahondaron pozos, para saciar la  sed y asegurar las cosechas,


por último plantaron parras, oasis de frescor, tras  fatigosas jornadas.



Veloces florecieron calles estrechas, calentadas por el sol, abanicadas por la brisa de la mar.


Una nueva Marina nació, tierra adentro, isla que buscamos adormilada en los recuerdos, y que hoy nos invita a llamar a su puerta,


y abrir  de par en par sus ventanas, ojos de luz que han visto, tras la claridad de sus visillos, la vida pasar y descubrir al andar por sus calles este entrañable lugar, 


que ha sabido atesorar casas bajas que se defienden de vientos y tormentas con aleros de verde teja, que derramarán lágrimas de lluvia por


abiertas fauces  de felinos de temible apariencia, en las tempestuosas noches de otoño.



Caminar por las calles de la Marina es sentirse rodeado del color de las flores que salen a tu encuentro, 


suspendidas, ingrávidas  en el alfeizar de una ventana,  atesorando aromas, ahogando quebrantos; 



 escondidas detrás de una esquina, hermanas de una puerta de luz abierta y junto a ellas, humildes sillas que destilan calma y sosiego, 



recuerdos vivos en  los que el tiempo se llenaba de charla, compañía, amistad y vecindad.


Apenas unos pasos más allá el arriate florecido adorna toda la morada, pareciera que muros y ventanales, en realidad fueran pinceladas que ha tejido un artista, hilvanando la levedad de los pétalos con la delicadeza de las verdes yemas. Instantes después el reflejo dorado de las flores  da paso a


a una explosión de color, donde los tonos púrpura de los pimientos, se difuminan con el brillo radiante de las carnosas manzanas, 


que compite con los morados de las jugosas ciruelas y el anaranjado del dulce melocotón.  Sinfonía de suculentos sabores que se deleitan en el verdor de la uvas y el frescor del melón.


Unidos a la Marina, a lo lejos nos aparecen los nuevos y relucientes huertos, que cobijan bajo sus caparazones de plástico transparente bosques de tomates, selvas de pimientos,



verdaderas olas de blanca alquimia que han trocado 



retorcidas viñas y robustos olivares en 



un nuevo maná, frutos de más allá de la mar, risueños compañeros para otro viaje con sabor a aguacate y  dulzor de mango.


Nosotros robinsones errantes junto a la sonrisa de esta  flor nos detenemos.

Un saludo a nuestra amiga Carmen desde la Marina.

¡Hasta Pronto! Carolina. 

viernes, 25 de julio de 2014

MARINAS. III. OLAS


El arrebol pregona mar de espumas y plateadas olas,



en la marina, el firmamento de terciopelo se ha enamorado de una estrella fugaz,


el mar celoso, herido, comienza a bramar, no la puede alcanzar.


Son olas blancas que se estrellan, en un estruendo sordo, contra el cristal de cobre viejo, en el que se ha tornado la orilla,


a lo lejos nos contempla la pequeña punta de tierra, que altanera se adentra en la mar, irisada de anaranjados, parece abrasarse en los ardientes rayos del sol poniente,


mientras a la marina, ondas de espuma y sal, incansables no dejan de arribar.


Todo es espuma, blanco nácar, cuando observamos la fuerza del mar, o 


melancólica penumbra que las nubes envidiosas quieren ocultar.



La luz parece volar entre del fragor de las olas, vistiéndolas del color de las caracolas y el rosa del  coral, 



las saladas espumas se encrespan, se retuercen, juegan agitadas como gacelas enamoradas.



De pronto todo es paz, calma, ahora la mar no nos deja de mirar, nos embruja con su cantar, del que nunca podremos escapar, sentimos como 


el palpitar de nuestro tiempo, es el mismo que el rumor de las ondas, que tercas siguen llegando a su  íntima cita con las grises arenas de la playa desierta, 



son bandadas de colores que acarician con delicadeza la piel tersa de una joven y dulce princesa.



En un instante todo es simple, sencillo: la luz del sol que suave declina, la brisa que mece y la mar que nos recita su eterno soñar:


¿Si sabes mi secreto, marinero dímelo?


Esperamos vuestros comentarios y sugerencias.

Un saludo. Carolina.

lunes, 21 de julio de 2014

MARINAS II. LA PLAYA.


La Jornada en la marina comienza muy de mañana, con las barcas varadas al arrullo del viento que silba entre las palmeras,

 a sus sones ondean banderas sobre resecos árboles de áspero esparto,


tras ellas una chalupa ansiosa aguarda viajeros que degusten sus salados sabores, al abrigo de la verde dársena a la que está  eternamente, prisionera, amarrada.


Adelante el bosque de recias y resecas sombras, también vertical, espera


impasible frente a mareas y solaneras, 



casi delirando, ante la inmensidad del mar y la arena.



A la playa se ha de ir ligero de equipaje, surcando  blancas sendas entre el azul del ancho piélago,


al llegar nos saludarán casas de blanca cal, que visten sus puertas con el color de los pétalos en flor, 


a su lado nos deslumbrará la claridad súbita de una ciudad de penumbras de girasol,


cobijo de una nación sedienta de descanso y evasión.



A la marina se llega por todos los caminos y por todos los medios, allí siempre podremos hallar el frescor de un verde oasis.


En la orilla es tiempo de charla, de infantiles juegos, 


de intrépidos marinos en un bajel que pronto zarpará hacia remotas bahías, más allá del inescrutable horizonte, en una travesía que nos ayudará a


escapar de la telaraña que nos envuelve en nuestro diario pasar,


una singladura a lo más remoto y desconocido o 



quizás a lo más profundo de nosotros mismos, la marina nos marcará el rumbo mientras contemplamos la inmensidad de la mar.



En la playa  el tiempo es rápido y fugaz, apenas instantes en nuestro breve palpitar, y el sol ya está cayendo otro día más,


es hora de abandonar, la ciudad de tornasoles  y saladas emociones,



allí quedarán desolados castillos, ilusiones de mojada arena y blancos guijarros que hoy fueron poderosas torres y atrevidas almenas, 


sobre las aguas velarán armas, delicados prismas de audaces formas y brillantes colores, adormecidos por la brisa, acunados por el rumor del mar.



Es la hora de la luna, que ya ilumina el bosque desamparado, pronto por todos olvidado, 


todo se prepara para un nuevo día, 



mesas y sillas, quedaron abandonadas, huérfanas de palabras y miradas.


La marina es ahora el reino de los pescadores, que enamorados vendrán a rendir homenaje a la compañera del sol, ya reina del cielo, 

señora de insomnios y blancos esteros.


Sobre la arena sólo quedan las olas, estrellas vivas de agua y aromas,



y en la playa, barcas varadas, que sueñan vientos y recuerdan marejadas. 


Nosotros miramos al mar y continuamos nuestro caminar.


Gracias a todas y a todos los que nos leen.

Esperamos vuestros comentarios y sugerencias.

Un saludo. Carolina.