viernes, 8 de agosto de 2014

MARINAS VII. AMANECER

Para  Carmen 
por compartir con  nosotros 
estos momentos en la Marina.


La Marina al amanecer nos llama alegre y lozana, para descubrirnos sus tonos de azul coral y la paz de su noche recién despertada.


La mar es un inmenso, ondulado espejo, paraíso de amor, nido de pasión, al que van a cantar los pescadores con sus almas llenas de sal, 



dispuestos siempre a  amarla, a ser esclavos de su dulce mirar;



a cambio ella, generosa, su sustento procura.



En la orilla también se han reunido otros viajeros, que vienen a escuchar los susurros del mar,



y van dejando en la arena su corazón, en forma de leves, pasajeras huellas,


que nos llevarán certeras a conocer a otros habitantes de este  amanecer sobre la arena.



Es una bandada, ruidosa y alada que de la orilla han hecho su refugio, su morada,


desde allí, atrevidas, a la inmensidad se lanzan, caminando, primero vacilantes sobre la calma marinera.



Allí, retozan, vuelan, juegan, se alimentan y leves flotan sobre la claridad  violácea del agua remansada, como aletargada.


¡Qué inmensa la mar! ¡Quién pudiera surcarla!


¡Ser una ave volandera que flota con las alas abiertas, sabiendo cierto que en la orilla tu otra alma siempre  impaciente te espera!



Mirando la serena belleza del azul turquesa del mar, apenas rozado por las doradas manchas de los primeros rayos del sol que no tardará en brillar, pareciera que todo se detuviera, como hechizado por  su beldad.



La pequeño chalupa de pescadores, también espera dormida, anclada, apenas rozada por la brisa que la acuna en los albores de esta mañana aún por nacer.


Hacia Levante, entre las palmeras y el vuelo de los pájaros, el Sol despliega todo su fulgor, aclarando edificios, dibujando barcas aún soñando sobre la arena.



En un momento todo es luz, el día llama a iniciar nuevas derivas y despojarnos de ataduras, para 


valientes y arriesgados salir a la mar y buscar un nuevo día en el azul de la Marina,


a surcar nuevas olas, unas a Poniente, siguiendo los rayos del Sol, otras a Levante esperando los fulgores de la Luna llena.



Nosotros miramos la Marina recién nacida y seguimos nuestra singladura, nuevos puertos, nuevas llanuras nos esperan


Un saludo a todas y todos.

Carolina.

lunes, 4 de agosto de 2014

MARINAS VI. VIENTO DE PONIENTE.


En la Marina esta tarde de Agosto, sopla poniente, gélido viento que encrespa el mar, transformándolo en una sinfonía de excitadas olas que estremecen incansables la indefensa ribera.


La playa se ha quedado desierta, desolada, sólo quedan olvidadas huellas que se cruzan indescifrables sobre la arena.



Hoy el mar es un caballo fiero, desbocado que orgulloso alza sus crines plateadas de luz y encono, para  contemplarse altanero en el cristal de un espejo de agua y  piedra.



Salta dibujando cabriolas, piruetas, que son rizos tejidos con el llanto de delicados encajes, que arrastran en su galope cantos y caracolas,



corcel indómito, trota ligero entre las ondas, sembrando espumas, amasando vientos.


En la orilla, solitario espera ,el osado caballero, su anhelo cabalgar sobre el rizo de una ola, domar la fuerza de una quimera,



tan sólo  armado de su afán y un delgado madero espera surcar espumas, navegar ensortijadas ventoleras.



Resuelto y seguro mira extasiado la onda que le hará sentir señor de mar y cielo.



Vano esfuerzo, tan solo nos es permitido contemplar su azul turquesa cuando besa la orilla y borbotea estremecida dejando aparecer la arena,



para que otros en su inocencia jueguen precavidos, temerosos chapoteando primero en la segura orilla y 



luego raudos, risueños correr alborozados a tocar la faz de la mar que se retira compasiva.




Marina adentro el agua se llena de borrascosas colinas que vieron la luz en otro horizonte más azul, más desolado, que avanzan certeras, sin tregua, para cumplir



resignadas, cierto su sino: precipitarse en eterna cascada,



que esta tarde hiere nuestra incrédula mirada.



Pareciera que el mar todo se hubiera cristalizado en un orfeón de afilados y raros corales que cortan con su rumor  cantos de sirenas, palabras de amor que nadie  escuchó



olvidadas por el murmullo de las olas en su perpetuo tronar y 




el chillido de las gaviotas que indiferentes volando van.



Hacia poniente la luz del sol, se atreve a besar, pícaro la claridad del mar, el blancor de las estelas,



las olas ateridas, sorprendidas, se alborotan, saltan, se agitan, le clavan puñales de espuma, cristales de arena.



El Sol, conmovido, arrepentido llena de luz la inmensidad de la Marina que ahora, parece casi dormida,



gozosas, risueñas las espumas se mecen al bamboleo del silbo del viento  y el calor  del Sol,



luz que nos deja el temblor de volver a empezar.


Un saludo a todas y todos desde la Marina.

¡Hasta Pronto! Carolina.

viernes, 1 de agosto de 2014

MARINAS V. EL GRAN BAZAR.


Una vez cada semana, por encanto, la Marina se convierte en un Gran Bazar.




Marina abierta donde rompen todas las olas, todos los vientos.




En el Gran Bazar atracan mercaderes, comerciantes, buhoneros, chamarileros de todos los rincones, de todas las riberas.




Arriban risueños, traen escondidas entre sus cajas de cartón  y sus telas, el vuelo de una mariposa, el olor de una rosa;  generosos los cambiarán  por  el tintineo de unas pocas monedas.




El Bazar es la ciudad de las miradas, sus grandes ojos abiertos nos hipnotizan al pasar,  un lugar donde




las pupilas vuelan buscando, quizás el color del mar o la sonrisa de la espuma.




Miradas de niños que ensimismados buscan su nombre entre las mil y una hojas que alguien tejió con nudos de alfombras persas,



miradas de princesas que son ternura, cuando acarician embelesadas  muñecas tantas veces soñadas.




La Marina se transforma esta mañana en el reino de las sedas y tules de Oriente,



vestidas con los  más radiantes colores que el mejor pintor en sus más enfebrecidos delirios pudiera imaginar. ¡Qué derroche de luz! ¡Qué blancor! Luego en el lienzo tan imposible de plasmar.




Más allá nos seduce el perfume de la miel, el dulce sabor de los dátiles de Arabia, el aroma del tomillo, el frescor del hinojo, la fragancia del romero,




y gracias a la alquimia todos los matices de las flores del Jardín del Edén: alegres violetas, plateados nardos, violáceas azucenas, fugaces pensamientos, porque en el Gran Bazar, nada es real, todo se puede comprar.



En las calles de la Marina se dan cita viajeros de todos los lugares, de todos los mares, viene dispuestos al asombro, resueltos a comerciar, a mirar.




¿Quién no compra este tisú de la India lejana?




¿Quién puede resistirse a llevarse una cadena engarzada con oro de las minas del Rey Salomón?



¿Quién no lucirá vestidos tejidos con blanco algodón regado por el Nilo  azul de los faraones?



¿Quién dejaría de buscar en el Laberinto del Minotauro algo único, algo sin par?




   ¿Quién no mercaría una pamela, un sombrero tejido con hojas de palma del dorado Sián?    ¿Quién­?




Mas el Bazar es caprichoso, voluble, cambia con las estaciones, siempre hay que salir a su encuentro, para conocer con que nuevo encanto nos  quiere embrujar.



En esta mañana de calor encontramos unas gafas como caídas del cielo, que guardarán celosas nuestras retinas, desafiando inmutables al hiriente rayo solar. ¡Si quiere ver como le quedan, se  puede usted mirar  en el espejo!




 Frágiles peinetas de concha de carey traídas del Arrecife de Coral,




zapatos de  cristal, de infinito tacón, de paso sereno, o



camisetas que sueñan efímeras glorias.





Hay momentos en que el bullicio del Bazar se calma, instantes para contemplar, para disfrutar en silencio de este momento fugaz 




para apreciar la suavidad de una tela, deleitarnos con la gracia de un volante al que los rayos del sol acarician, en la elegancia de la caída del nudo de un chal.



Dejarse arrastrar por la ilusión de hallar algo que comprar por tan solo una moneda de vil metal,




porque eso es el Bazar quimera dorada de minucias, que apenas rozar hemos olvidado ya,




gozo de palpar, medir, probar, pensar, sonreír y sí, tal vez comprar.



Pero no es obligatorio, siempre podemos volver a mirar, y volver a repasar, ¿quizás éste?



¡No! Sigamos buscando un poco más.



Siempre nos hará falta un bolso, ¿por qué no éste?



¿Una cortina? Amigo, deténgase, no se cobrar por mirar.



¿No quiere un cacharro, una figurita de barro?¡ Hoy por un euro el Sol yo le vendo!



Para nosotros el Bazar hoy termina, continuamos nuestro camino, sólo hemos comprado unos instantes de felicidad.


Una vez más gracias a nuestra amiga Carmen por sus comentarios desde la Marina.


Un saludo a todas y todos. Carolina.